Mi historia empieza en casa. De mi viejo aprendí que el trabajo dignifica, que nada se consigue sin esfuerzo y que la honestidad es el único camino que vale la pena recorrer. De mi mamá incorporé la responsabilidad, la importancia de cumplir la palabra y de encarar cada desafío con seriedad y compromiso.
Esos valores familiares se transformaron en la base de mi vida.
Más adelante, los Scouts Católicos reforzaron ese rumbo. Allí descubrí que servir al prójimo no es un gesto ocasional, sino una forma de vida. Aprendí el valor del compañerismo, de la solidaridad y del deber. Entendí que brindarse al otro es, también, servir a la Patria, y que una comunidad crece cuando cada uno aporta lo mejor de sí.
Pero hubo un punto de quiebre que marcó definitivamente mi camino. Mientras trataba de entender por qué la Argentina no avanzaba, descubrí algo que nunca nos habían explicado: no es la gente la que falla, es el sistema. Y fue a partir del mensaje cultural que impulsó Javier Milei cuando comprendí que existía otra mirada posible: las ideas de la libertad.
Ese despertar me llevó a estudiar a fondo, a leer a los clásicos liberales y a entender que nuestro estancamiento tiene una causa central: el Estado presente que asfixia al trabajador, al emprendedor y al ciudadano común.
Desde entonces, mi convicción es firme: defender la libertad es defender al vecino, su esfuerzo, su dignidad y su futuro.
Hoy soy una voz escuchada en Capilla del Monte porque sostengo mis convicciones, digo la verdad y trabajo todos los días guiado por esos valores.


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